El crucero Yarará

By Leo Maslíah

En El crucero Yarará se narran las peripecias de Simbad Geigy, personaje entrañable que ya aparece en otros dos libros anteriores de Maslíah: l. a. décima pista y Servicio de habitación. El crucero Yarará viene a ser l. a. primera obra de esta trilogía, y está plagada de situaciones insólitas, diálogos hilarantes y un humor corrosivo y ácido hasta el fin.

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Se llaman “las escrituras”. –¿Las escrituras? Pero... –¡Deténgase ahí! Dijo que no quería discutir, ¿verdad? Bueno, entonces cállese y déjeme terminar con lo que le estaba diciendo. l. a. segunda razón de que le hablé es que yo nunca salgo de estas habitaciones y jamás vi a ningún librero venir acá a robar nada. –E pur si muove –dijo Simbad. –La tercera razón –siguió el médico sin prestarle atención –es que acá arriba no hay ninguna librería. –Si no es una librería, está muy bien disfrazada. –Acá arriba se encuentran los despachos del señor decano de l. a. Facultad de Medicina, health practitioner San Nicolás Estévez.

Period una escalera ascendente, y terminaba en una puerta de hierro cuya cerradura tenía el típico ojo por el que se mete una llave de paleta única. Cuando subía, Sebastopolian no supo si los chillidos agudos que oyó eran producidos por ratas acongojadas o por l. a. antigüedad de los peldaños de l. a. escalera. No pudo abrir los angeles puerta. Estaba cerrada con llave; o quizá hinchada por los angeles herrumbre. Sebastopolian se puso a golpear, para que alguien le abriera. –¿Quién anda ahí? –dijo los angeles voz de una mujer; ésta debía estar junto a los angeles puerta, pero no mostró l. a. menor intención de abrirla.

Entonces acaba usted de desenmascararse. No es médico. –¿Por qué? –Porque si es buen entendedor y pocas palabras le bastan, entonces usted no leyó esos libracos llenos de palabras que los estudiantes de medicina deben leer para poder recibirse. –Yo aprendí con cintas de video. No necesité esos libracos de mierda. –Entonces ¿conoce los órganos pero no sabe cómo se llaman? –No sé qué nombres les ponen los otros. Yo los bauticé a mi manera. –¿Nómbreme diez, a ver? –dijo Ciclamatus. –Espina, estómago, colesterol, estrella, estrés, cabestrillo, cabeza, rastrillo, revés y minestrón.

Si este hombre es médico, tiene que saber escribir recetas para medicamentos. Yo tengo acá, casualmente, un El crucero Yarará | 153 bloc de formularios para recetas. Creo que esto es lo que necesitamos. –¡Sí, que haga una receta! –dijo un hombre que tenía más de treinta centímetros de uña en cada dedo, y cuyo pelo y barba eran tan largos que le cubrían todo el cuerpo, haciendo imposible ver si llevaba ropa puesta o no. Simbad entregó al médico una lapicera a bolilla. –Tome –dijo–. Si no le escribe, sóplele por el agujerito.

Preguntó el médico. Simbad, El crucero Yarará | seventy seven temeroso de alguna reacción del cadáver, se aferró a una de las mangas del traje del facultativo. Y l. a. reacción no tardó en producirse. El llamado Ciclamatus, sin abrir los ojos, se incorporó y dijo: –No, medical professional. Yo no fui. –No me mientas, Ciclamatus –insistió el médico. No querrás que te haga trasladar a los angeles Morgue, ¿no es cierto? Ciclamatus abrió los ojos y mantuvo su mirada absolutamente clavada en el punto que primero vio. period algún punto de l. a. pared opuesta a su cama.

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